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jueves, 12 de enero de 2017

La búsqueda


Acabaron de hacer el amor.  Ella, le miro y suspiró, y se volvió a acercar a él mientras buscaba su boca con ansia, con la desesperación de querer saciar sus ganas de tenerle dentro otra vez. Sus blancas manos, aun temblorosas, buscaron su sexo para comenzar otra vez con el juego. Lo acarició, lo besó. Lo hacía gimiendo sutilmente, sabiéndose que con ello, despertaba su pasión.  Él, sudoroso, se dejó llevar mientras sus manos le exploraban su cuerpo. Su cuello, sus pechos, su espalda. Le encantaba sentir en sus manos como se le erizaba la piel. Entonces, la tumbó en la cama boca arriba.  Con delicadeza le separó sus piernas mientras besaba su cuello, y comenzó a bajar despacio, muy despacio, deteniéndose primero en sus pechos, para seguir bajando hasta encontrar su sexo húmedo y dispuesto para comenzar otra batalla. 

Habían reiniciado la guerra, y tras esos minutos mutuos donde los juegos, los besos y una fusión de pasión les estaba desbocando, ella le empujó para que cayera sobre el colchón, y sin dejarle reponerse, se montó sobre él para sentirle nuevamente dentro e incrementar el ritual de sexo que habían comenzado hacía una hora. Ambos se refugiaron entre sus brazos, que se apretaban entre sí, a esa forma de besar, casi violenta, a respirar entrecortadamente y a gemir.  Y entre esa violencia de pasión, él entraba en ella con dulzura, mientras ella se aferraba a su cuello, a su ancha espalda, y sus uñas dibujaban surcos de sudor sobre esa espalda, mientras los cuerpos comenzaban a fundirse. Cada embestida y cada exhalación de aire, eran nuevas andanadas de fuerzas para seguir haciendo el amor, como si no lo volvieran a hacer nunca, como si no hubiera un mañana para ambos. Era un pacto de honor.

Después de complacerse, de tener varios orgasmos y terminar casi extenuados,  se dejaron caer sobre el colchón de la cama. Él, miró el cuerpo desnudo de ella. Ella, saciada, se sintió vencedora de la batalla. Él se levantó y se quedó sentado sobre la cama, y con ternura, la miró,  le acarició su cara y la besó en los labios, para luego fingir cansancio. Se levantó y con un paso cansino se dirigió al baño, desnudo, mientras se tocaba su pelo ya entrado en canas con su mano derecha. Se dio una ducha y, tras despedirse con un nuevo beso  y mentir para no quedarse a pasar la noche con ella, salió para regresar a su solitaria casa.  Ella, aún desnuda sobre la cama, cogió un paquete de tabaco depositado sobre la mesilla para sacar un cigarro. Lo encendió y dio una calada profunda, exhalando el humo tan despacio como pudo, repitiendo el proceso hasta consumir el cigarrillo. Apagó la luz y se fue al encuentro de Morfeo. Él para ella fue uno más. 

Mientras, él caminaba por una desértica calle, iluminada vagamente por unas farolas que daban luz naranja, y escuchando el sonido que producían sus zapatos sobre la negra acera, recordaba las mujeres que había utilizado para intentar olvidar.  Olvidar algo que desde hacía ocho años no conseguía. Buscaba otros brazos, otros besos, otros ojos que le mirarán y que le hiciesen perderse por otros mundos, otros mares y otras estrellas aunque fuesen fugaces.  

Comenzó a llover, y no encontró donde guarecerse. Se cerró la chaqueta de cuero con forro de piel, se subió el cuello para intentar mojarse lo menos posible, pero las gotas frías de la lluvia que a esa hora de la noche caía, le iban resbalando por su cara. Gotas que despertaban su alma. Ese alma entregado ya al olvido, y que no tenía mas dueño que el de los recuerdos. Pero esa noche se prometió  que sería la última. No quería más caminatas a casa en la más absoluta soledad.  No quería despedidas. Quería un buenas noches, un que descanses, quería compartir los días, los sueños, los proyectos. Quería tener unos ojos donde mirar más allá...

Después de una hora de caminata, entró empapado a la vieja casa. Se quitó la ropa mojada en la entrada y la dejo sobre el suelo;  desnudo fue hacia el salón. Se envolvió en una suave manta de lana que tenía siempre en un tresillo frente a la chimenea y encendió el fuego. Se sentó y se quedó mirando fijamente a la chasca. Allí, donde el silencio le atormentaba, donde luchaba con todas sus fuerzas para poner toda la resistencia posible a los recuerdos, se acurrucó sobre sus rodillas, tapándose con la manta hasta la cabeza.  

Y entonces, y como el resto de las noches de su vida, comenzó a soñar....

(continuará...)