lunes, 25 de diciembre de 2017

El ocaso


La playa estaba desierta. Una barca de madera varada casi a la orilla y un albatro sobre la punta de la proa, rompían la soledad del paisaje. Según se acercaba, pudo comprobar cómo la pintura del casco estaba carcomida por la salitre, imposibilitando incluso la lectura del nombre de la pequeña nao.

A esa hora de la tarde, el sol no calentaba lo suficiente y el levante se adueñaba de la situación, por lo que se guareció sobre el costado de la barca que miraba hacia el interior de la playa. No era una playa de arena blanca y harinosa, sino oscura, basta, y llena de piedras bien pulidas y redondeadas por el paso del tiempo. Como él, como todo su ser. Tuvo la sensación de haber estado allí, pero no recordaba cuando. Se giró un poco para poder ver y oler al mar,  a ese mar que era lo único que le quedaba, y decidió que era el momento de comenzar a buscarla. Como cada día. Como todos los días. 

Empezó por el horizonte. Como si fuera un inmenso baúl, quiso escudriñarlo palmo a palmo, con la simple ayuda de sus maltrechos ojos e iba recogiendo  todo lo que en este se iba encontrando. Por un momento volvió a ser niño. Recordó a sus padres y hermanos. Saboreó de nuevo en sus labios su primer beso, pero ni un vestigio de ella... Aun así, nada en concreto. Destellos de algo que ocurrió pero sin colores, sabores, nombres. Nada. El más absoluto de los vacíos. Pero el sol, en su eterna lucha por ganarle  unos segundos al ocaso, le lanzó un guiño, y de la nada brotaron recuerdos. 


Allí estaba, sentado en el interior de "la estrella del atardecer", la barca que había construido con sus propias manos. Navegaba meciéndose sobre las olas con la pericia de un patrón experimentado, dirigiéndose hacia esa playa que ya recordaba. Y desde la mar, sentado a la vera del timón, la veía andar entre las piedras con un vestido blanco, moviéndose con sutileza mientras su pelo era una extensión de la brisa con la que la mar la acariciaba hasta dejar su cara a merced del sol. Entonces sus ojos se convertían en dos astros. Dos inmensos horizontes donde por fin se perderían para el resto de sus días. Dos mundos infinitos donde nada ni nadie podía  romper ese sueño.

El sol ya se escondía en ese horizonte y la temperatura bajó hasta erizar su piel. Ensimismado aún con ese regalo, no quería moverse de allí. 

Se cruzó de brazos dejando a la vista sus ya viejas y arrugadas manos, como si la mar se hubiera encargado de darlas forma por estar en perpetuo contacto con sus aguas. No las reconocía. Metió una mano en un bolsillo de su raído pantalón, y sacó una fotografía en blanco y negro.  En ella había una mujer bellísima. La miró como si mirará a una desconocida, a una extraña. Y acto seguido comenzó a llorar.

Suspiró, mientras miraba a ese horizonte anaranjado. Los últimos rayos de sol daban ya poca luz y una luna incipiente se posicionaba majestuosa sobre su cabeza. Se levantó, y apoyó sus viejas manos sobre la popa de la barca, y empezó a empujar con vehemencia para hacerla llegar a las frías y oscuras aguas mediterráneas. Y después de sacar fuerzas desde lo mas profundo de su ser, consiguió que la embarcación flotara sobre las aguas, mientras se aupaba a esta entre lágrimas. 

Y allí, encima de la vieja "estrella del atardecer" se tumbó para que la mar le llevará a esa eternidad donde sus recuerdos fueran imperecederos.